Por: Flavio Holguín
A Napoleón Bonaparte se le atribuye una máxima que
establece: «Por un detalle puede perderse una batalla y por una batalla puede
perderse una guerra».
La enseñanza que encierra esa frase trasciende el campo
militar, porque las grandes derrotas muchas veces comienzan con pequeños
errores que alguien, desde la arrogancia del poder gubernamental o partidario,
decidió considerar insignificantes.
La historia nos ofrece abundantes y dramáticos ejemplos que
deberían servirnos de referencia para comprender que nunca deben subestimarse
los detalles cuando se persigue un gran objetivo.
Lo aparentemente pequeño puede convertirse en decisivo; lo
ignorado, en determinante y aquello que hoy parece una simple insatisfacción,
mañana puede transformarse en una rebelión silenciosa de consecuencias
imprevisibles.
En política, todo cuenta: una palabra, un gesto, una
exclusión, una arbitrariedad, una injusticia y hasta un silencio.
Pero sobre todo, cuenta la manera en que una organización
trata a los hombres y mujeres que durante años han cargado sobre sus hombros el
peso de sus luchas, derrotas y victorias.
Por eso, pocas equivocaciones resultan tan peligrosas como
menospreciar a la militancia, cercenar la democracia interna o permitir que la
prepotencia sustituya el diálogo, bajo la falsa percepción de que el poder está
asegurado, o de que una victoria futura se encuentra escrita de antemano.
Ninguna victoria está asegurada. Ningún liderazgo es eterno.
Ningún partido es invulnerable ante las iniquidades y los vicios estructurales.
Los momentos de mayores posibilidades políticas son también
momentos cruciales, delicados y extraordinariamente frágiles.
Alguien me decía una vez que sus momentos de mayor angustia
eran aquellos en que la felicidad tocaba a sus puertas. Le pregunté porqué y me
respondió: «Porque los momentos de mayor plenitud pueden ser también los de
mayor vulnerabilidad, ya que a toda vana exaltación le subsigue una terrible y
aleccionadora humillación».
Algo semejante ocurre en política. Precisamente cuando una
organización comienza a sentirse triunfadora es cuando debe actuar con mayor
prudencia, equilibrio y sensatez.
La confianza desproporcionada puede engendrar soberbia, ésta
a su vez se transforma en arbitrariedad, en la cual se incuba el resentimiento y ese resquemor acumulado terminará inexorablemente en
ruptura relacional.
Los atropellos y comportamientos inadecuados, nunca son
asuntos menores.
De igual manera, tampoco son cuestiones insignificantes los
irritantes privilegios, las imposiciones, la adquisición espuria de posiciones
partidarias, la suplantación de dirigentes históricos por el poder económico,
ni el secuestro de los mecanismos democráticos destinados a garantizar el
respeto y la integridad del orden institucional.
Es así como las agrupaciónes políticas comienzan a dejar de
pertenecer a sus militantes para convertirse progresivamente en propiedades de
sus cúpulas, capaces de imponer y amparar decisiones antojadizas.
Es allí donde comienza el verdadero peligro.
La supresión de la democracia interna es particularmente
devastadora. Un partido que exige democracia para gobernar un país, debe
comenzar practicándola dentro de sus propias estructuras.
No puede reclamar
hacia afuera aquello que sistemáticamente niega hacia adentro.
Las injusticias internas adquieren memoria y fecha cierta de
caducidad.
Cada dirigente
excluido, cada militante ignorado, cada derecho vulnerado, cada posición
otorgada mediante privilegios y cada decisión impuesta arbitrariamente van
dejando pequeñas grietas de amargura y desencanto.
Individualmente esas
fisuras pueden parecer irrelevantes, pero acumuladas, pueden terminar
comprometiendo los cimientos de toda una organización.
Ese es precisamente el detalle que tantas veces desprecia la
minoría rectora.
Los altos estamentos suelen observar multitudes, encuestas,
estructuras y resultados electorales, olvidando que detrás de esas estadísticas
existen seres humanos con dignidad, memoria, aspiraciones y límites.
Una militancia comprometida, es capaz de soportar durante
años enormes sacrificios por una causa; sin embargo, difícilmente aceptarán de
manera indefinida que sus derechos sean conculcados por aquellos que
transitaron junto a ellos los mismos escabrosos y escarpados senderos.
Los partidos deberían comprender una verdad elemental: la
militancia no constituye una servidumbre política ni un ejército de obediencia
ciega y perpetua. Es la columna vertebral sobre la cual descansa toda
organización que pretenda trascender electoralmente al poder.
¿Por qué estos son
momentos cruciales, delicados y frágiles?
Porque una sola decisión equivocada en el seno de la élite
partidaria y un atisbo de triunfalismo ilusorio
pueden destruir años de arduo trabajo político.
Además, porque en esta etapa de crecimiento y consolidación electoral, cualquier
injusticia cometida en contra de una militancia esforzada, podría multiplicar
resentimientos y crear una cadena de pequeños agravios, los cuales
silenciosamente, podrían dar al traste con una anhelada victoria, para
convertirse en cambio, en una derrota humillante y monumental.
Las organizaciones políticas casi nunca descubren el peligro
cuando éste apenas asoma.
Lo descubren cuando
las estructuras dejan de responder, los dirigentes se alejan, desaparece el
entusiasmo y aquella militancia que ayer llenaba locales y defendía
apasionadamente una causa, decide poner fin a su estado febril, apagando por
completo la tea de su fogosidad.
Entonces, cuando finalmente comprenden que aquellos pequeños
detalles no eran tan ínfimos, como pensaban, ya podría ser demasiado tarde para
la retractación de sus desatinados
procedimientos.

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